Muñeco de trapo
Causaba lástima y ternura a la vez. Sus ojos que parecían decirlo todo, tenian un aspecto suplicante. A él mismo le parecía ver su alma deshilacharse. Y se sentía tan abandonado. Cubierto estuvo de besos en alguna época lejana...ya no recordaba casi nada de aquel entonces. Constantemente se martirizaba pensando que ya era demasiado tiempo desde que su cuerpo se acurrucase en aquellos brazos cálidos y frágiles. Miraba, sin embargo, muy atento por si acaso alguien lo mirase y se apiadara de él. De a ratos, se maldecía por lucir tan despatarrado –“Si tan solo pudiera sonreír”, se decía. Y eran precisamente las lágrimas pintadas en su cara lo que lo personificaba. Nada se movía. Se mantenía al borde del abismo, esperando, en la sombra.
Se abrió de pronto la puerta del desván... Unos pasos muy suaves se acercaron hacia él, y de las sombras surgió una nena de unos cinco años. Miró el muñeco y dijo emocionada: “Creí que te había perdido!...” y lo beso en un abrazo apretado.


